lunes, 29 de junio de 2015

Rojo

“Necesitamos irnos”, le decía mientras cargaba con ella lejos de ahí y me aseguraba que lo único que no siguiera fuera el rastro que surgía de mi ser. Me repetía una y otra vez que no podía dejar que esto le pasará, era mi mejor amiga y yo tomaría la última oportunidad que mi aliento me proporcionará por ella… haría cualquier cosa por ella.
            Dos escalones más, falta menos, falta menos; la tomé de la cintura y de inmediato el dolor me recordó que aún estaba conmigo, él no me abandonaría esta noche. Pero no importa, nada de lo que me pase importa mientras lo que esté haciendo sea por ella; la calle está más obscura de lo habitual, debe ser gracias a esa manifestación de Tlaloc de hace algunas horas, sabía que había hecho algunos estragos en la ciudad pero no pensé que llegará a tanto…
¡Maldita sea, escucho pasos! Y no están tan lejos de mí como me gustaría, igual y esto sea como el mito de La llorona, entre más cerca se escuchan es que más lejos esta de ti y viceversa; suelto una pequeña risa de la cual me arrepiento después por la molestia que me ha causado.
-Ya, no, no más, déjame, no valgo… yo…- comenzó a balbucearme casi de manera inaudible, por fin estaba reaccionando, creí que esta vez si la perdería. “El auto ya no está muy lejos” le digo casi en un susurro porque temo que el aire se me escape y sólo quiero que me dure lo suficiente para ponerla a salvo. Ella es todo para mí. Necesito salvarla.
Salimos del edificio y caminamos un rato mientras busco las llaves de mi modesto transporte de segunda mano procurando mantenerla a mi lado a todo momento y en cada movimiento que realizo, recuerdo una situación, es un poco bizarro recordar ahora pues no tiene nada que ver lo que está pasando. ¡Las encontré! Y justo a tiempo, mi automóvil esta en frente, comienzo a juntar fuerzas para meterla en la parte de atrás de mi pequeño amigo color morado mientras los pasos suenan y resuenan tanto en mi cabeza como en la calle que apenas está iluminada por la luna y algunas luces dando lo último de sí (¡Maldita lluvia, bendita noche para aparecer!).
Subo al auto tan rápido como me aseguro que ella no saldrá volando si llego a perder la conciencia y chocamos. Un vistazo rápido al retrovisor… y una sonrisa por mi parte al ver su reflejo mientras piso el acelerador y comienzo a sentir la humedad en las puertas de mi alma, “No es tiempo para fugas, no ahora” me repito como un mantra mientras rió al escuchar aquella canción en la radio… me recuerda mucho a...
-¡Puta madre!- Exclamó mientras esquivo a un conductor ebrio, es obvio su estado porque conduce en zigzag. Comienzo a sentir húmedo mi asiento, como si no pudiera retener mis necesidades fisiológicas, y hecho otro vistazo rápido al retrovisor que me asegura que ella sigue a salvo, intento relajarme un poco pero inmediatamente veo que el idiota de antes se ha estrellado con alguien, quisiera decir que por desgracia conozco a la victima pero, en realidad, me alegra que hayan chocado.
¡Ese estúpido tono azul! No recordaba que se camuflajeaba tan bien de noche. Entre la melodía en la radio y el sonido de mis llantas al derrapar puedo escuchar que algo ocurre con mi hilo rojo en la parte de atrás. Aún siento la sensación de estarme haciendo pipí pero sé que no es eso lo que está pasando ahí abajo, en mi cuerpo.
Sólo escuchó algunas palabras sueltas con claridad “Cortar”, “yo”, “él”, “tú”, “no”....
Inmediatamente les doy un orden e intento tranquilizarla diciéndole que sólo soy yo la culpable de la ruptura, que ella no tiene nada que ver, le cuento lo ocurrido y de cómo poco a poco aquello, que en un juego habíamos decidido llamarlo “La maldición del hilo” (gracias al nombre que me habían puesto mis progenitores), había ocurrido eventualmente con mi actual ex pareja. El más reciente, muy a mi pesar.
Una cuadra más, sólo una cuadra más.
Comienzo a relatarle como fue que “Mister J” y yo, caímos bajo “La maldición del hilo”:
- Todo comenzó después de que habíamos cumplido un mes, yo estaba dispuesta a darle aquello que jamás le había dado a ningún hombre a pesar de todas mis “relaciones”, sin embargo, no era tan sencillo pues quería expresarle mi mayor temor. Pero no lo hice de la manera correcta - Pude notar de reojo que hacía una mueca de dolor en broma (mi hilo volvía a la normalidad) – se molesto conmigo, sabes que eso no es lo mejor, ¿verdad? – Solté una ligera risilla a un alto costo de dolor y toque mi estomago por un instante- intente arreglar las cosas pero era tarde. Metí la pata, la maldición había comenzado y todo cayó desde entonces. Comenzó a portarse como un idiota, no quiero hablar de eso. Le falta madurar. Tal vez, no… simplemente, él tampoco era el indicado.
Por fin llegábamos a nuestro destino. Me estacione lentamente, no sabía si otro movimiento brusco sería bueno para ella. Baje como pude, mis zapatos estaban empapados de uno de mis componentes más vitales pero yo sólo podría pensar en ella y que debía sacarla rápido del vehículo y llevarla adentro del edificio que tenía enfrente. Como pude me quite el calzado, no quería alarmarla más, quería que estuviera tranquila.
Abrí la puerta del coche, la tome de la cintura y la baje con la mayor sutileza que pude; ella puso su mano sobre mi estomago y ¡Oh no, lo notó! Comenzó a gritar, me pedía perdón mientras comenzaba a llorar y pedirme disculpas, y yo intente calmarla pero fue inútil, casi de inmediato del hospital se asomaron algunos ojos curiosos y la escena no puedo ser más extraña.
Una chica de 20yalgo años con una enorme mancha de sangre que surgía a la altura del estomago y empapaba el resto de su cuerpo sosteniendo (tal vez sosteniéndose) a (o de) una chica de la misma edad con signos de ebriedad (tal vez drogada), caminando, o al menos intentándolo, para llegar a la puerta.

Cuando los doctores llegaron hasta ellas, ambas cayeron. El hilo rojo ya estaba roto. Las Moiras sabían hacer su trabajo.